domingo, 19 de febrero de 2017

Violencia doble-faz


Tácticas femeninas: Bomper Jacket

A veces siento que entre dos que se rompen la cara a trompadas hay mucho más entendimiento que entre los que están ahí mirando desde afuera.
Julio Cortázar

10 p.m. Abren la puerta de mi cuarto, mis hermanos entran sin prender la luz y cada uno me da un beso en la mejilla. Salen y cierran.

11. p.m. Vértigo Campoelías es el lugar de encuentro de esta noche. También van a TVG y después a Cámara de Gas, un recorrido completo por los bares alternativos de Chapinero. La mayoría son hombres, casi todos con pantalones entubados y remangados, algunos afortunados con Doctor Martens negras o vinotinto, el resto con botas grulla o estilo militar compradas en la Primera de Mayo. Cadenas y bomper jackets azules. Casi todas las cabezas están rapadas.

Yo, era una llorona para ellos, debía tener unos cinco o seis años cuando me aprendí el nombre de su subcultura, SHARP: Skinhead Against Racial Prejudice. Y no solo sabía su significado, llegaba a ademas a predicarlo con orgullo, porque conocía su estética y su música: skinhead ska, algo de punk y Oi! Pero ignoraba el fondo.

1 a.m. Van caminando por la carrera 13. Hoy, Disolución Mortal tocará en una casa en Bosa. Todos beben cervezas y hay una bolsa de papel que va pasando de mano en mano junto a una latica de leche condensada. Brandy Domeco para calentar la noche.

2 a.m. Pogo, patadas y luego pelea. Botella en la cara y nariz reventada. El resto del parche se alista para el bonche y una de las chicas con la mitad de la cabeza rapada, minifalda de cuero y medias de malla se cuelga en la espalda del agresor, le tapa la cara con las manos y lanza un grito de guerra. Todos los del grupo se voltean sus chaquetas MA-1 de ALPHA INDUSTRIES compradas en algún almacén de segunda para mostrar el lado naranja y saber quién está con quién.

No, yo nunca he usado una MA-1, pero sí que la deseé sin saber nada de su historia. Cuando acompañaba a mis hermanos a buscar sus prendas de combate en almacenes militares por Galerías, yo solo deseaba encontrar una bomber de mi talla. Me probaba las de ellos que me quedaban volando, pero el delirio por el color azul oscuro era más fuerte y llegaba con una sensación de protección.

3 p.m. En plena acera todos descansan, fuman y ríen de su noche, por su violencia contenida y estallada: adrenalina que se produce en cada uno de los golpes. Sus bombers hablan de guerra, de una herencia militar que quedó grabada, pero el nylon ya no protege de las temperaturas bajo cero y el naranja no ayuda a la visibilidad del rescate.

4 p.m. Mis hermanos vuelven a casa, por suerte el golpe en la nariz podrá disimularse y la sangre se quedará en la ducha. Unas cuantas gotas en la camiseta pasarán desapercibidas. Se alistan para dormir tranquilos con la adrenalina aún recorriendo su espina dorsal.

7 a.m. Estoy en el corredor sin poder entrar a sus cuartos, me quedo mirando las puertas y me siento diminuta, entre mis vestidos de organza, bordados y encajes de los que me agarro para no caerme. Uno de ellos me abre la puerta y entro al cuarto azul. Me pongo la chaqueta gigante y me siento en el piso pero recostada en la cama, prendo la tele buscando las Guerreras Mágicas y mi hermano dormirá un poco más.

Tengo las puertas cerradas en mi memoria y el deseo de querer abrirlas. También, la visión de los dos cuartos desde el corredor: uno era un cuarto azul con postales pegadas en la pared y dibujos expresionistas, el otro, tenía las paredes rojas lleno imágenes subversivas con cinta transparente en las esquinas, muchas fotos de encapuchados y rebeldes, casi todas en blanco y negro.

Casi siempre hay un dolor escondido


Chitose Abe en un ring de boxeo mientras Hugo Ferdinand, elegante, esconde la violencia que corre por sus venas. La diseñadora de Sacai, la marca japonesa, elige el traje perfecto: el trench coat verde militar con blonda azul mediterráneo en mangas y costados. Será guerrera y fémina al mismo tiempo. En cambio, Hugo Boss intenta encontrar algún escuadrón de protección, todos esos hombres uniformados que vistió en los años 40, pero como ésta solo en ring, piensa en usar el traje  de guerra tradicional alemán: camisa blanca, chaqueta hasta la media pierna, pantalón entubado en los gemelos pero abombados en los muslos, botas de cuero, guantes y correa del mismo material. Todo negro menos la camisa y la banda roja en el brazo izquierdo que lleva la esvástica con orgullo. Ferdinand aprovecha la transformación de su marca para olvidar que esclavizó a 180  trabajadores judíos en sus fábricas. Elige para esta ocasión un traje masculino contemporáneo: camisa blanca, sastre gris, corbata negra y gabardina color mostaza para terminar el look.

Abe con sus facciones un tanto coreanas y Boss con su bigote enrollado. Se miran y suena la campana.

Dudar por un segundo y querer volver al pálpito inicial

Mi historia se congela en la memoria y mis hermanos guardaran los recuerdos de su juventud como flashes. Los 90 pasaron dejando su estética latente mientras la estilista Lotta Volkova anuncia que las subculturas han muerto y el remix es la característica que nos marca. Pero la violencia aún estremece las calles bogotanas.

La 13, la treinta o las noches de Kennedy donde se vive con furia la nueva ola de skinhead colombiana siguen aquellos parámetros de los 90 colombianos y los 80 europeos. Esos chicos  bien criollos saben muy bien que los chicos trendy, también criollos, han usurpado los iconos de su subcultura y quieren venganza. Así que, si una noche andas con tu imitación MA-1 comprada Bershka o en Forever 21, y ves a un calvo con la chaqueta voleada viniendo hacia ti para atacarte, o corres o peleas.

Abe entiende por completo este siglo: la mezcla de siluetas en una misma prenda, el remix de texturas contradictorias, una mujer que interviene los iconos y los reinventa, la capacidad de crear a partir de la reconstrucción. En cambio Boss se quedó en el pasado, en el horror, en la violencia y en la guerra, así que no es nadie, solo una marca con más de seis mil tiendas en todo el mundo. Chitose Abe porta los Nike que le darán velocidad y frescura, y con rapidez envuelve a Boss en unas telas sintéticas de colores flourecentes y comienza a jalar los extremos de las telas. Has robado mis íconos, grita el señor Ferdinand. Abe sonríe y sigue apretando. Bienvenido al siglo XXI, le dice ella, donde nada es rojo o negro, naranja o azul. Y sigue jalando.

No podemos esconder lo que en realidad somos

Y si decidiste pelear por tu imitación MA-1 puedes alistar los nudillos u ofrecerle un cigarro a ese skinhead que quiere atacarte mientras le cuentas que la bomber hace parte de la mezcla del siglo XXI, que Marilyn Monroe usó una MA-1 cuando fue a visitar  los campos de entrenamiento estadounidenses durante la guerra de Vietnam. O que Steve McQueen  inmortalizó el modelo en la película The Hunter en los 80. También que Gaultier la impuso en las pasarelas parisinas desde 1988. O le tiras alguna dato curioso como que primero el cuello era de piel, pero el cuello tejido permitió el doble faz. Y si no funciona, no hay que olvidar que en los 90, malandros de la Perseverancia robaban a los calvos porque deseaban sus chaquetas originales.


15 años después, los cuartos de colores de mi infancia son blancos. Uno de mis hermanos sigue usando la MA-1 y el otro tiene su traje Boss azul oscuro entre el armario. Y yo —suspiro— deseo con locura alguna de las prendas de Sacai: una de esas que son todas a la vez, el trench militar con blonda azul, o uno de esos vestidos asimétricos con plisados en la espalda o, cualquiera que demuestre que el remix que hace parte de mí.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Teticas de gitana

Tácticas femeninas: las tetas

“José Arcadio y la muchacha no presenciaron la decapitación. Fueron a la carpa de ella, donde se besaron con una ansiedad desesperada mientras se iban quitando la ropa. La gitana se deshizo de sus corpiños superpuestos, de sus numerosos pollerines de encaje almidonado, de su inútil corsé alambrado, de su carga de abalorios, y quedó prácticamente convertida en nada.”

Fui plana como la gitana o aún lo soy comparada con muchas, además cargo con la historia familiar: mi mamá fue plana, mi abuela también y seguramente mi hija lo será. Existió un  momento BOOM cuando mis tetas se hincaron —no con aire sino con carne— y quedaron perfectas. Pelotudos mirándolas como si nada. Sigo sin entender cómo las mujeres con curvas marcadas aumentan su coqueteo para ellos. Sí claro, no voy a negar que lo he hecho, pero soy mala para la caída directa, me gusta a distancia.

En fin, las tuve grandes y redondas, pero después  las rechacé. Ahora las quiero, aunque no tanto, pediría un poquito más, pero que no quede toda apretada. Una gota para el bikini azul rey, y otra más para el brallette o el body tan hermoso que me compré en París. Son pequeñas y, a veces, solo a veces, se sienten como nada.

¿Operarlas? Mmm, no sé.

¿Para quién estas construyendo tu vida?

“Era una ranita lánguida, de senos incipientes y piernas tan delgadas que no le ganaban en diámetro a los brazos de José Arcadio, pero tenía una decisión y un calor que compensaban su fragilidad.”

—¿Amor?
—Mmm
—¿Tengo tetitas incipientes?
—¿Qué?
—¿Qué si parezco una ranita lánguida de senos incipientes?
—Ay Ángela, duerme mejor.

Cerré el libro, me las toqué para verificar su tamañano y no, no son esas mogollas abrumadoras que deben producir tanto placer. BOOM: agarrar algo con fuerza.

Viktor & Rolf metidos en mi cama. Viktor cose volados, un tul rosado que envuelve mi teta derecha y Rolf cose botones en mi teta izquierda.  Alcanzo a ver el piso de mi cuarto lleno de materiales,  como un taller de confecciones: retazos de telas, tijeras, agujas, hilos, papeles y bocetos. Mi cuerpo  va aumentando su tamaño, curvas por doquier, sigo creciendo. Una sala de operaciones, un cuerpo perfecto, ganar más espacio en el mundo. Ahora Rolf  cose moños sobre los volados y Viktor sigue con el tul.

Ellos trabajan en silencio y mientras cosen es como si me contaran sus historias: el desfile de 1999 donde una sola modelo resistió16 prendas encima de ella. Una de sus últimas presentaciones inspiradas en el cubismo u otra en la que los vestidos se volvieron cuadros. Mientras avanzan, me voy sintiendo una pin-up y me empiezo a preparar sociológicamente para exhibir mis nuevas tetas. Tendré que comprar brasieres, camisas y camisetas, y de seguro otra chaqueta de cuero. Ya no soy la gitanita sin nombre, ya no necesitaré usar los pollerines. ¿Me va a doler la espalda? ¿Quedarán frías?, como dicen. ¿Y todos esos pelotudos mirándolas? ¿Saltarán mucho al correr? Oh por Dios, empiezo a desear mis senos incipientes.  Temo que Viktor o Rolf decidan utilizar la motosierra.

Cuando volteo hacia el otro lado, Margiela está junto a mí. No lo veo pero reconozco su francés con acento belga y el olor a pintura. Los ¿casi? gemelos holandeses desaparecen y Martin corta todos los botones, rompe los moños, deshilacha los tules. Seré la gitana de vuelta, aunque no la entiendo,  ¿de qué época es?,  ¿de dónde sacó tantos pollerines tipo María Antonieta?, además, ¿Macondo no es caliente? Margiela no me cuenta sus historias así que yo tengo que seguir con las mías. Él se ocupa de recuperarme  esparciéndome pintura blanca por todo mi torso. Su firma que refresca. 
Me preocupo: mis teticas eran incipientes pero eran. Margiela sería capaz de dejarme dos agujeros negros sobre un torso color piel. 

¿Seguiré siendo mujer?
Hay varias voces en mi cabeza y me gusta enredarlas.

“Y quedó prácticamente convertida en nada.”

Me levanto, me baño, voy a mi armario, abro el segundo cajón: la línea de brasieres organizados. Recuerdo la vez que dejé de ponérmelos por unos meses para ocultar mis tetas por completo, o cuando  tenía 13 años y los usaba grandes para aumentar el tamaño. Ahora son de la talla correcta, creo que es una buena señal. Negros o azul petróleo: mis favoritos, encajados para algunas ocasiones y solo uno blanco que permanece en el fondo. Toco el rosa con encaje gris, lo elijo para hoy y BOOM, vuelve el dúo holandés con sus capas y capas  voluminosas, figuras que van in crescendo, una bomba a punto de estallar cuando se cruza el verso de Blanca Varela: convertir lo interior en exterior sin usar el cuchillo. ¡Ahg! qué palpito tienes Varela, sos punky. 

¡El brasiere encima de la camiseta!, pienso.

Vicktor & Rolf combinado con Madonna en pleno concierto en los 80 que muestra su corsé de conos puntiagudos diseñado por Gaultier. Los pezones de la reina del pop apuntan  violentamente al publico: ícono ella con su irreverencia, ícono el diseñador vestido de camisa marinera junto a Martin, su asistente, que después será un ausente para el mundo siendo la cabeza de una de las mas grandes marcas de lujo.

BOOM, la nada. BOOM, la nada. Se ponen, se quitan, se esconden, se perfuman. Un BOOM con Viktor and Rolf y Madonna. La nada y la gitana con sus piernitas delgadas, su fuego interno y Margiela deconstuyendo los cuepos.  Un BOOM y la nada, un BOOM y la nada, un BOOM y la nada: casi infinito.

¿Operarlas? Jamás.
Payasadas volátiles que revelan profundidades.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Cambio, corte y libertad

Tácticas femeninas: el pelo

Gafas oscuras aunque sea una mañana sin nada de sol. Chaqueta de cuero negra, pelo recogido en una moñeta alta, casi de reina latinoamericana. París en octubre con sus puentes y las ganas de tirarse al río, ¿por qué no? Así te llevas la ciudad por dentro. 

Encuentro Le Petit Celestin, un café en el barrio Le Marais, con la tradicional fila de sillas de mimbre sobre la calle, perfecto para un cigarro y mirar a todos los que pasan.  A ellas dos las veo adentro en una mesa para cuatro. Chanel con el pelo ondulado hasta la quijada, Kawakubo con su liso asiático hasta los hombros. La modista francesa con un expreso y una copa de coñac, la japonesa tomando agua con gas con un par de rodajas de limón.

La cita es para tratar de convencerlas de que el pelo largo también es una forma de liberación.
Estoy nerviosa, tengo las notas entre mis manos sudorosas, las saludo, me siento y empiezo con mi primera historia:

Agripina, mi bisabuela, era una de las mujeres más hermosas de todo Santander: alcanzó a tener el cabello hasta los tobillos. Se vestía de blanco, con pollerines de encajes, los cuellos de sus blusas estaban siempre almidonados. En las noches, ya con su camisón de seda, se peinaba más de cien veces y su esposo, el negociante Vargas, llegaba para ayudarla. Ellos dos a la luz de las velas, frente al tocador, hablaban de sus hijos, pasando el cepillo y tensando el pelo de Agripina.

Corte.
Aburrido querida. Las mujeres no queremos depender de esos hombres aunque sean amorosos, eso es historia, dice Chanel.

Nerviosa reviso mis notas.

Ok, vamos a ver. Les contaré entonces sobre Graciela, la madre de mi madre que estudió en un colegio de monjas. Todas las alumnas debían trenzarse el cabello para colgar sus olvidos. Medias, libros, cartas: jovencitas adolescentes cargando sus objetos, aprendiendo sobre el orden y la decencia, educadas para conquistar a un hombre pudiente que las peinara por la noche. Pero Graciela era diferente, quería estudiar Arquitectura y lo primero que hizo luego de su grado fue cortarse la trenza.

Corte.
Querida, acá respondes a nuestra teoría: el corte libera. Dijo Coco.

Perdón mademoiselle Chanel, tiene usted toda la razón. Contesté. Me solté la moñeta que me apretaba y luego busqué entre mis notas.

Mi abuela Enelia, la mamá de mi papá, fue una de las primeras estilistas en Bogotá, capital de Colombia. Conocía la importancia de la belleza y las tácticas de seducción. Ella corrió lejos de su primer esposo en una época impensable. Abrió una peluquería, trabajó hasta sus últimos días y fue la encargada de cortarme el pelo en mi preadolescencia para …

Corte.
Sin drama ni traumas familiares por favor. Susurró Kawakubo desde su silla.

Chanel me miraba fijamente con una sonrisa macabra mientras mantenía el cigarrillo en su mano derecha, Kawakubo observaba a París por la ventana.

Me sentí ahogada, como si cada una de ellas me enmarañara desde su esquina y me jalara un poco para torturarme. No tenía nada, ninguna historia entre todos mis apuntes con la que pudiera enamorarlas. La única salida era probar con la ficción.

Hay una mujer y está en la playa, es de noche, está mirando el mar mientras siente cómo sus hermanas vienen a visitarla, a joderla bastante. Nostalgia aparece primero y la mujer empieza a prenderse fuego. Su pelo es una llama caliente que le da la fuerza para salir corriendo.

No quiero escuchar más, dijo Kawakubo en un tono bajo y se puso su chaqueta de cuero.

Y yo grité:
¡Soy una mujer peluda! En las piernas, en los brazos, hasta en la boca. Y tuve que aprender a depilarme. Laser en casi todo el cuerpo, cera para los brazos, pinzas para la cejas, pero aún no se cómo depilarme la lengua.

Kawakubo volvió a su silla, pero con la chaqueta puesta. Chanel me miraba ansiosa por escuchar.

No podía creerlo, eran mías. Cazadoras de leonas, esperándome. Pero yo estaba con el pelo más que envuelto, me cruzaba las piernas, iba creciendo a cada segundo, me jalaba los brazos, se enrollaba por mi cuello. Casi ni podía respirar y además tenía que elegir muy bien cada palabra, si no las dos mujeres que convirtieron la fealdad en belleza se irían a otro café con otras historias. 

Sí, tengo pelos en la lengua, dije, y me gustaría arrancarlos todos de un jalonazo. Pero sé que el pelo largo no es el problema. Solo basta mirarlas a ustedes que se creen libres, portadoras de una imagen emancipada, para ser un ícono encarcelado.

Kawakubo se paró de vuelta y Chanel gritó con fuerza.

Agarré un mechón y lo pasé por el cuello de Gabrielle. Apreté un poco mientras ella trataba de agarrar mis manos, las perlas rodaron por el piso. Sostuve con fuerza y logré matarla. Vi su cuerpo inmóvil: tan ella, tan ícono. Pelo corto y apariencia de pobre, llena de perlas falsas.

Me acerqué a Kawakubo que estaba tranquila. No fui capaz, la ficción no me dio para tanto, así que salí del café y empece a correr. Recordé mis cortes: pelo largo y crespo, liso con flequillo, corto hasta la quijada, el siete rapado a los costados, y otros tantos intentos. Ellas serán imágenes por siempre, mientras yo sigo buscando. Brunette, mona, castaña o pelirroja: una peluca al fin de cuentas.

Mi pelo no tiene tanto drama,  el problema es que tengo una melena salvaje y me cuesta llevarla.

Y es que es mucho, y a veces no se pidió tanto.

domingo, 30 de octubre de 2016

Una adicta más

Tácticas femeninas: los zapatos

¿Adicta?: No
¿Segura?: Sí.
Ultima palabra: No. 
No sé cómo ocurrió. Nunca imaginé.
Todo pasó ya hace unos años. Era casi como un juego: abrir el armario y ponerme sus zapatos. Eran unas Doctor Martens negras, modelo bajo, talla 42, mi pie quedaba volando, pero coño, sí que deseaba los zapatos de mi hermano.
Así que lloré hasta que llegaron una botas azules imitación Martens. Por Dios, tenía nueve años y no las quería porque sabía que no eran originales. Lo mismo pasaba con los Adidas Campus. Íbamos a San Andresito de la 34, primero era dificilísimo conseguirlos de mi talla y, después, yo solo decía pero seguro que no están chimbos. Qué tal, marquera desde chiquita. Luego llegaron los New Balance grises, modelo 500 algo, les sacaba bien la lengüeta grande y mis hermanos me decían que parecía una ñera, pero no me importaba. Más adelante me enamoré de los Vans: planos, suela blanca, negro tradicional. Los usé tanto que me compré otros, pero nunca fueron como los primeros. Y los Nike también de suela blanca, paraditos en la punta, comodidad plena, hasta corrí con ellos mientras la nieve de Montreal se derretía. Al final, los Adidas Super Star, esos sí que me tocó sufrirlos, se demoraron en llegar. Fue en la finca de un amigo, siempre me habían gustado esos pinches tenis. Julian los tenía, blancos con rayas rojas. Estaban en el pasto casi como esperándome, y cuando me los puse entendí que quería hacerlos míos. 

A Jacquemus tampoco le importa, sabe que los zapatos para las damas no tienen que ser charolados y menos con moñitos. Así que miss Chung, la modelo inglesa de piernas largas, sale de primeras. Corre con sus Convers negros bota alta, los skinny jeans azul petróleo y un saco a rayas. Corre con facilidad por el túnel mientras Jacquemus la anima.

¿Una adicta más?: No
¿Segura?: Sí.
Última palabra: No sé ¿sabe?, siempre pensé que no eran lo mío, pero ahora lo estoy dudando. Es más, si no estoy mal, la primera vez que usé un par de tacones eran bien puntilla y de cuero gris claro. Me los puse con un pantalón bota de elefante. Seguro pagué diez pesos por ese par de zapatos, alrededor de tres dólares. Ibamos donde la viejitas, unas monjas que el primer domingo de cada mes sacaban un montón de ropa de segunda. Eso sí que nunca pensé que lo haría, pero Argentina traía consigo ciertas locuras. Y bueno, compré un montón de cosas como por veinte pesos, y al final terminé tirando todo, pero alcancé a salir una noche con esos zapatos, mi primera vez. Así que no sé ¿sabe?, no sé si soy a dicta a los stilettos. Si me permite decirlo: tengo mis dudas.

McQueen, en cambio, opta por subirlas hasta el cielo. Quiero que teman de la mujer que visto. Pero no era un miedo violento, era un miedo salvaje. Sus féminas no estaban armadas hasta los dientes, la oscuridad las hacía místicas y feroces, vampiros de la noche. Los elementos de la tierra combinados en una sola mujer. Daphne Guinness se prepara, águila al viento. Los años no se notan en sus piernas tonificadas: vestido negro ornamentado en el pecho, armadura que protege, el peinado abultado le da altura y dos franjas blancas en su pelo oscuro junto con los botines negros de más de 30 centímetros. Entra en el túnel, sabe que no puede ir tan rápido, sin embargo la fuerza que la eleva brindará velocidad. Volará y no pisará la tierra sucia.

Eres solo una imagen por momentos.

En el túnel Jacquemus y McQueen encerrados, nuevamente Francia e Inglaterra, pero esta es la nueva ola del siglo XXI. La mujer niña despeinada enfrentada a la femme fatal de pelo lacado.
La que juega con triángulos y cuadrados infantiles, la mujer que busca una silueta sirena. La pequeña con rayas y colores primarios, la fémina que se regocija con su oscuridad.  Es de noche y están dentro del túnel, estoy dentro del túnel, y vas con tus plataformas, diva glamurosa, erguida detrás de Daphne y McQueen: majestuosidad que roza lo sagrado. Vas caminando en esa calle hecha para ti. Pero pasar a Alexa corriendo y quieres alcanzarla. Aceleras, pero no llegas. Puta, ¿por qué no me puse los tenis?

¿Una adicta más?: No
¿Segura?: Sí.
Última palabra: No, no lo puedo negar, los zapatos planos tipo bailarinas me enloquecen, además son tan cómodos, unas zapatillas mediapunta donde el pie se mueve con libertad. Sin olvidarme de la tendinitis de hace dos años cuando la médica me prohibió volver a usarlos. Igual yo continué, un poquito no le hace daño a nadie, además acepto que fui una exagerada, sobredosis de ciudades enteras. Medio Nueva York recorrido en dos días. Los afortunados fueron un par primaverales con punta, cordones y huequitos a los extremos. Pero también están los rojos con taches, los de leopardo o los de gamuza negros con las cintas entrecruzas. Pues sí, no hay nada que hacer: soy adicta.

Ay, la experimentación


Chung y Guinness corriendo en el túnel mientras McQueen y Jacquemus las animan. Tú estarás en el medio tratando de perseguirlas, pero te pasan por el lado, son tan diferentes y a la vez la misma. Cuando decides ser una, sí o sí debes abandonar a la otra.

¿Una adicta más?: No
¿Segura?: No.
Entonces: ¿Para qué necesita una sola respuesta? Solo para satisfacerse con mi necesidad. Para qué pero las botas no están mal, un poco usadas, sí pero aún las tengo en mi armario. Las cantidades de sal que echan en Montreal para evitar fracturas, quemaron las suelas. Igual siguen siendo tan perfectas. Creo que será imposible separarme de ellas. Las deseé tanto, las vi en la vitrina durante semanas, hasta que las conseguí en rebaja. El primer día en la nieve me dio un poco de susto, pero que bah, se ajustaron a mí y fuimos una sola. Pero la lista de botas continúa, varios pares de Doctor´s —vinotintos, azules, negras y blancas— las Hunter negras, las azules con suela de madera, hasta las largas de charol que solo usé dos veces, hay que tener mucho carácter para soportar ser comparada con Xuxa.


No importa qué llevas encima si lo que te sostiene vale la pena, creo.

¿Una adicta más?: Sí
¿Segura?: Sí, completamente. 
Justifíquese: Las plataformas me encantaron desde que era niña. Las veía en las vitrinas y me decía pronto serán tuyas. Pero no fue tan pronto, ¿sabe? Me demoré en usarlas, solo en ocaciones especiales, y eso. Me encantaría salir un domingo al parque con ellas, pero hay algo que me contiene. O las noches de fiesta, lo dudo, y me voy por algo más plano. En la actualidad tengo cuatro pares: las verdes oliva que he usado muy poco, las negras de plástico que hasta me han servido para una que otra fiesta, las tropicales abiertas que me regalo papá en Cartagena, esas las he usado con medias gruesas, arranques de locura. Pero sí, adicta siempre he sido.

Quitarlos, correr descalza, describir otro look de las divas y tú en la nada. El túnel que parece no tener salida. ¿Pero cómo elegir con tantos referentes? Nunca imaginaste cumplir con el cliché femenino de los zapatos que las enloquecen. Nunca imaginaste declararte adicta como las otras, nunca pensaste amar a Alexa Chung y a Daphne Guinness al mismo tiempo. ¿Chung querrá ser Guinness en algún momento? ¿Daphne deseará a Alexa por instates? Todo sería mas fácil si ellas mismas aceptaran su contradicción. Pero son personajes, mientras tú no quieres elegir. Y seguirás corriendo descalza.

¿Sabe qué fue lo peor? los tenis con plataforma. Cuando los vi dije es que no se pude llegar tan bajo, nada mas gala y asqueroso que esos tenis. Meses después, estaba tragándome mis palabras y pasando la tarjeta.

Buscando nuevos paraísos


viernes, 30 de septiembre de 2016

Toro-torero frente al espejo


Tácticas femeninas: el maquillaje

Todo está azul verdoso: profundidad marina. Todo está azul con una luz tenue. Penetro mis pupilas en el cristal y se esfuman las dudas de mi cabeza. Empiezo a maquillarme: blush en las mejillas, pestañina un tanto corrida, un poco de labial en… alguien aparece y corro a esconderlo todo: aquí no estaba pasando nada.

Una vez pensé en voz alta frente a mi familia maquillarse es la acción más espléndida de toda mujer. En ese momento mi hermano que conducía, frenó en seco el auto en el que íbamos. Me miró, dibujó una sonrisa que combinaba incredulidad y burla, y me dijo que no podía reducir a las mujeres al puto hecho de maquillarse, que yo nada entendía de la vida y menos de las luchas de género. Me quedé mirándolo sin respuesta, sentí cosquillas en la garganta mientras guardaba mis cosméticos. Quería escapar para conocer eso que no estaba entendiendo o leer El Capital para ahogar mis sentimientos y ser toda una intelectual consagrada o más bien un intelectual consagrado. Pero querida, lo que tiene color no puede ser ni gris ni negro y tú sabes que maquillarse hace que respires tu propia existencia, ningún libro de Marx podrá salvarte de esto.

Todo es azul de vuelta y ya no soy yo sino la niña que busca sus cosméticos. Busca en los cajones vacíos de su madre  y no los encuentra. Así que tiene que viajar lejos para sentarse frente a un tocador ajeno. Ahora todo es blanco y hay un armario donde encontrará un mundo de acicalamiento. Calor tropical, mujeres latinas con buenas formas. Rosas, rojizos y marrones, pintalabios seductores. Bocas jugosas. Polvos y polvillos. Quinceañeras de ensueños con tacones y coronas. Todo lo que la niña quiere, pero la silla no le alcanza para llegar al tocador.

Dejé de maquillarme como si hubieran lavado mi cabeza. Me volví una macrobiótica extrema, amante de la simpleza y la naturalidad. De un momento a otro fui todo aquello que no quería ser. Mi madre, palpitante vanguardista en el ruedo donde ella sería el torero y yo el toro rabioso. O tal vez yo sería el torero y el toro a la vez, y mi madre estaría mirando la corrida junto con mi hermano, mientras muevo la muleta roja cargada de exquisites y mi toro la quiere atacar. En el intervalo la frase de Diana Vreeland que retumba en mi cabeza el estilo es aquello que te ayuda a bajar las escaleras y a levantarte cada mañana. Dios, qué frase: aquello que te ayuda a bajar las escaleras, porque conozco esos días en los que no las quiero bajar. 


La búsqueda de la perfección te condena.

Ahora todo es beige, la niña está en un cuarto pequeño con luz artificial. Abre el primer cajón y hay solo labiales: naranjas, rojas, fucsias y tonos más oscuros. Abre el segundo, encuentran bases y cremas. En el tercero perfumes. Así infinitamente. Pero esa casa tampoco es la suya así vea el reflejo de Vreeland y Marx en el espejo.

¿Qué pensará Galliano de todo esto? Excéntrico diseñador que tocaba el cielo y en las nubes hablaba con Dior. Teatral, magnífico y aventurero. Nunca, desde mi pasión por el minimalismo, pensé que me gustaría John Galliano. Para entenderlo tuve que mirarlo en detalle, centímetro por centímetro, pulgada por pulgada evitando las nauseas.
Lo lamento con los amantes del show, pero debo recordarles que mi madre, esa que está viendo la corrida de toros en este instante, es fiel amante de la pureza. Así fui educada. Las búsquedas de mi Magdalena van hacia adentro, poco tienen que ver con su reflejo. Pero tengo fotos de hace treinta años donde luce glamurosa en su vestido de seda magenta, pelo negro hacia atrás perfectamente lacado, sombras durazno enmarcadas por sus finas cejas, un poco de blush y un rosa pastel en los labios insinuantes, sonrisa agraciada y ojos brillantes. Tengo las pruebas de que existieron otras Magdalenas. Pero ella por x o y —seguro por x que refiere a lo femenino— tomó decisiones. Yo nunca encontré sus labiales, no pude usarlos. También dejé de maquillarme preguntándome por la esencia y el capitalismo caníbal que pone a la mujer como presa. Mujer objeto para ser vestida.


El show me ayuda a sentir el chispotazo de la vida.

Hoy el torero se maquilla y el toro también lo hace. El novillero se levanta y moja su cara con agua de rosas. Después viene la crema humectante que cuido con recelo, es uno de mis recuerdos de París y está por acabarse. Cuatro puntos en la frente y  treinta y dos masajeadas de abajo hacia arriba. Punto en cada pómulo y ocho subidas en cada lado.  Crema en los dedos para respingar la nariz. Ocho vueltas en cada uno de los ojos, siempre en el sentido de las cejas, al igual que los músculos. Ocho masajes redondos al rededor de la boca, ocho redondos en el mentón. Diez y seis tijeras formadas con los dedos para abarcar la quijada. Dejar que absorba. Después puntos del bloqueador con color, esparcirlo levemente por todo el rostro, textura aterciopelada que protege y unifica el tono. Un poco de polvos. Blush en mi quijada cuadrada y en el nacimiento de mi frente. Bulsh circular en mis mejillas. Ahora, las cejas: grandes cejas arábicas, necesitan mucho cuidado. Cepillo especial: ocho peinadas hacia arriba, ocho para abajo, ocho hacia el lado contrario y las últimas que dan forma, un poco de gel, secar y rematar con pestañina leve. Después pestañina para las pestañas. ¿Y los labios? Fucsias, bordo o rosa, eso sí depende del ánimo del toro. 15 minutos en los que Marx no molesta.

Quiero maquillarme para tener ese momento azul en el espejo. Quiero mirarme y saber que existo. Quiero estar tan corrida como Diana Vreeland y escribir por qué no como lo hizo ella en su columna de Harper´s Bazaar después de la Segunda Guerra Mundial. Quiero buscar una Casa-Emporio como la Maison Dior para esculpir mi diamante como lo hizo Galliano, disfrutar del mundo viajando en globo y crear delirantes momias con sombras turquesas bañadas en oro o geishas de porcelana con las boquitas cerradas. Quiero viajar a Holanda a ver sus más de siete millones de tulipanes y a Marruecos para pasear por la casa azul donde habitó Saint Laurent. Quiero extasiarme con la belleza del mundo. Pero después me siento mareada y me dan ganas de vomitar. Tengo un estómago sensible. 

Así que prefiero ver a Vreeland y Galliano desde la tribuna junto con mi Magdalena. Y me digo que no quiero buscar el lugar más hermoso del mundo ni ser un personaje maquillado ni altos contrastes ni frenéticas lineas del pulso. Me quedo cómoda y sentada para no ser otro Ícaro sobrevalorado los cielos. Tampoco ser Galliano que lo bajaron de su nube y se quedó tres años con la boca bien cerrada. No quiero soltar a Marx ni alejarme de las graderías para no sentir las ganas de vomitar. No quiero preguntarme por la mujer objeto y menos bajar las escaleras: cara pálida sin luces ni reflejo.

Pero Galliano encontró su salvador, Ícaro tocó el cielo y Vreeland habitó su infierno. Renzo Rosso —rebelde genuino, dueño de las casas de moda más vanguardistas de la historia— contrató al dramático ingles después de su caída. Lo levantó al igual que Dédalo padre de Ícaro, pero Ícaro ya flotaba muerto en el mar de Seamos, en cambio Rosso sí pudo ponerle la bata blanca a Galliano justo a tiempo. Bata de la Maison Margiela donde el blanco prima. Vreeland en el paraíso está pintando las paredes de rojo, tal como fue su oficina en Vogue. Y el toro-torero vuelve al ruedo, bajar las escaleras con agrado después de largas instancias frente al espejo.

Y ahora ¿será que regreso al azul y esa niña que pintaba a su madre con mucho colorete? ¿O describo algunos de los maquillajes delirantes que me hicieron adorar a John Galliano?

No, no quiero olvidarme del mundo ni de sus vanidades.


domingo, 4 de septiembre de 2016

Flores oxidadas

Tácticas femeninas: Paris vs Londres.

Inhala Dior, exhala Westwood. Inhala frío exquisito que se derrite en tu boca. Exhala esa pasta verde que muchos detestan. Inhala tules rosados que empalagan. Exhala todo lo que se está pudriendo en tu garganta.
¿Cuál es la historia de hoy? La de una niña con el pelo cobrizo que un día podía ser la petite Dior —mucho vuelo y nidos de abejas, rosados o azul cielo—, pero otro día podía ser la la rebelde punkera —jeans entubados, cadenas, Adidas Campus y puro negro—. La niña partida enfrentaba sin saberlo a Vivianne Westwood, abuela del punk, con Christian Dior, rey de las flores.

Y daba vueltas y vueltas en el palacete, mientras los tapetes persas sentían sus pasos, su vestido volaba y el gran nudo en la espalda formaba un moño que le aseguraba su destino. Su pelo perfectamente rizado formaban bucles de oro y su cadenita de… Basta ya de tanta mierda, saca la  navaja para desgarrarlo todo.

Pero las bocanadas de aire no te alcanzan, no puedes contenerlo, la metamorfosis te persigue. Capullos y espinas, rosales mezclados y al final la muerte.

Quiero poseerlo todo en un solo viaje.

Westwood exhalaba polvo mientras se reía del Londres apretado y exacto, del té de las cinco, de su reina. Aprendió de Malcom McLaren, productor de los Sex Pistols, quien no tuvo miedo de meter las manos en caca pura para pintar con pura mierda la puerta del rector de la academia donde estudiaba. Dior también se rió de la imagen de la mujer justa y exacta resultado de la Segunda Guerra Mundial, pero llegó él, salvador, para liberarla: más de 30 metros de tela podía llevar uno de sus vestidos. El New Look se tomó a París y al mundo de la moda.

La niña fragmentada no reía, Francia e Inglaterra, más bien Londres y París en un cuadrilátero de boxeo y en la misma rama mientras la rosa se desangra. Londres callejera, urbana, fiestera, rebelde. París cuidada, burguesa, amante de los jardines perfectos. Cemento mojado. Algodón suave. 
No puedes combinar una falda rotonda rosa bebé con un saco roto y menos con una chaqueta de cuero. No puedes usar una falda de sirena con plisados en las caderas y una camiseta cortada con tijeras. No puedes portar el vestido nido de abeja en el delantero y cinturones de cadenas. No puedes usar taches en la sedas. No, no, no. La niña dividida disfruta sus personajes por separado: Dior en su interior y la imagen subversiva de Westwood.

Vuelos franceses cargados de azúcar, corrientes frías que vienen del norte. Por el suelo, aire caliente que levanta polvo. Vueltas de tela hastiando la conciencia, vueltas de vainilla irritando los sentidos mientras los mohos internos crecen. Y aunque hagas mala cara quieres más, bocado tras bocado, coágulo por coágulo, disfrutas de ese olor dominante y sabor repugnante que, al igual que el crocante dulzón,  se derrite en la boca y nos deja ver cómo amamos en silencio lo que se está pudriendo. 

Cazando flores-mariposas

¿Y si encuentras un rosedal que combina rosas blancas y rojas a la vez? Dos mundos habitando un mismo espacio. Me acerco al rosedal dicotómico, observo esos capullos diseñados para que las abejas se glorifiquen en su polen y transporten la vida. Salgo a buscar mis pétalos porque llevo a Dior adentro, los veo tan sublimes pero robustos a la vez, nervaduras que recorren sus formas, y me siento como chiquilla exploradora, callada, ensimismada con la pureza del mundo. Después dejo caer la flor entera, ya no son solo detalles, la veo completa sosteniendo su gracia, y pienso en Dior y sus rosas, en su colección Corele lanzada en 1947 que después se llamó New Look y todas las mujeres que vistieron sus acampanadas formas, damas de los cincuenta que, junto con un tacón mediano, se levantaron hacia el sol. Envueltas entre metros excesivos de tela y el néctar que está bien abajo, protegido y me siento una alcachofa que palpita. 

Inhala caliente y exhala la cintura almendrada que no te deja respirar. Torbellino de emociones. Pizca de limón ácido que neutraliza adicciones. Y después toqué fondo.  Hueco en la ceja y tres más en las orejas. Rapar los bucles de oro. Ahogar a Dior. El punk rompiendo cabezas.

Lo busqué, seguro. Porque sé que al lado de la rosa encontrarás la flor marchita que se está encogiendo, que va perdiendo su color, las manchas marrones le quitan la vida, ya no hay aire ni agua dentro de ella, será puro polvo. Pienso en la mierda de Westwood. Esa mierda perfecta con una estructura medio circular que cubre un preciado tesoro: tu cagada. Y ahí me siento dual.

¿Cómo se puede odiar todo lo que se amó?

Quería que sus vestidos estuvieran siempre limpios, pero restregaba sus jeans contra la tierra y el cemento buscando rotos más grandes, huecos más profundos. Aire y tierra luchando en un mismo mundo. Soñador y tangible, azul cielo y marrón oxidado, todo lo que divide el horizonte, ese horizonte presente en la palma de mi mano izquierda. Niña fragmentada con múltiples referentes: Dior adentro, Westwood por fuera. Después Dior afuera Westwood dentro. Mañana los dos expuestos.

Westwood y Dior toman té de frambuesa en una conversación imposible. Cadenas oxidadas y sedas satinadas para esa niña dividida que se sorprende con la imagen. Ahora Vivianne toma té. Westwood  toma té y habla del punk y dice que está muerto, que el punk no tiene nada que ver con esos jóvenes actuales que usan corbata de día y cresta de noche. Dior la escucha y por un momento piensa en sus pétalos con cresta, pero borra la imagen y sigue soñando con flores mientras la niña fragmentada se queda mirando su ferocidad. 

Cosiendo cicatrices con un hilo rosa.


Inhala Dior y exhala Westwood o los dos al mismo tiempo. Inhalas mucho Dior porque temes tocar fondo de nuevo. Pero malditos referentes, jóvenes violentos devorándose el mundo. No, es el mundo es el que te devora lentamente y al final los dos rosedales, tanto el blanco como el rojo, no se diferenciarán cuando se sequen.