domingo, 4 de septiembre de 2016

Flores oxidadas

Tácticas femeninas: Paris vs Londres.

Inhala Dior, exhala Westwood. Inhala frío exquisito que se derrite en tu boca. Exhala esa pasta verde que muchos detestan. Inhala tules rosados que empalagan. Exhala todo lo que se está pudriendo en tu garganta.
¿Cuál es la historia de hoy? La de una niña con el pelo cobrizo que un día podía ser la petite Dior —mucho vuelo y nidos de abejas, rosados o azul cielo—, pero otro día podía ser la la rebelde punkera —jeans entubados, cadenas, Adidas Campus y puro negro—. La niña partida enfrentaba sin saberlo a Vivianne Westwood, abuela del punk, con Christian Dior, rey de las flores.

Y daba vueltas y vueltas en el palacete, mientras los tapetes persas sentían sus pasos, su vestido volaba y el gran nudo en la espalda formaba un moño que le aseguraba su destino. Su pelo perfectamente rizado formaban bucles de oro y su cadenita de… Basta ya de tanta mierda, saca la  navaja para desgarrarlo todo.

Pero las bocanadas de aire no te alcanzan, no puedes contenerlo, la metamorfosis te persigue. Capullos y espinas, rosales mezclados y al final la muerte.

Quiero poseerlo todo en un solo viaje.

Westwood exhalaba polvo mientras se reía del Londres apretado y exacto, del té de las cinco, de su reina. Aprendió de Malcom McLaren, productor de los Sex Pistols, quien no tuvo miedo de meter las manos en caca pura para pintar con pura mierda la puerta del rector de la academia donde estudiaba. Dior también se rió de la imagen de la mujer justa y exacta resultado de la Segunda Guerra Mundial, pero llegó él, salvador, para liberarla: más de 30 metros de tela podía llevar uno de sus vestidos. El New Look se tomó a París y al mundo de la moda.

La niña fragmentada no reía, Francia e Inglaterra, más bien Londres y París en un cuadrilátero de boxeo y en la misma rama mientras la rosa se desangra. Londres callejera, urbana, fiestera, rebelde. París cuidada, burguesa, amante de los jardines perfectos. Cemento mojado. Algodón suave. 
No puedes combinar una falda rotonda rosa bebé con un saco roto y menos con una chaqueta de cuero. No puedes usar una falda de sirena con plisados en las caderas y una camiseta cortada con tijeras. No puedes portar el vestido nido de abeja en el delantero y cinturones de cadenas. No puedes usar taches en la sedas. No, no, no. La niña dividida disfruta sus personajes por separado: Dior en su interior y la imagen subversiva de Westwood.

Vuelos franceses cargados de azúcar, corrientes frías que vienen del norte. Por el suelo, aire caliente que levanta polvo. Vueltas de tela hastiando la conciencia, vueltas de vainilla irritando los sentidos mientras los mohos internos crecen. Y aunque hagas mala cara quieres más, bocado tras bocado, coágulo por coágulo, disfrutas de ese olor dominante y sabor repugnante que, al igual que el crocante dulzón,  se derrite en la boca y nos deja ver cómo amamos en silencio lo que se está pudriendo. 

Cazando flores-mariposas

¿Y si encuentras un rosedal que combina rosas blancas y rojas a la vez? Dos mundos habitando un mismo espacio. Me acerco al rosedal dicotómico, observo esos capullos diseñados para que las abejas se glorifiquen en su polen y transporten la vida. Salgo a buscar mis pétalos porque llevo a Dior adentro, los veo tan sublimes pero robustos a la vez, nervaduras que recorren sus formas, y me siento como chiquilla exploradora, callada, ensimismada con la pureza del mundo. Después dejo caer la flor entera, ya no son solo detalles, la veo completa sosteniendo su gracia, y pienso en Dior y sus rosas, en su colección Corele lanzada en 1947 que después se llamó New Look y todas las mujeres que vistieron sus acampanadas formas, damas de los cincuenta que, junto con un tacón mediano, se levantaron hacia el sol. Envueltas entre metros excesivos de tela y el néctar que está bien abajo, protegido y me siento una alcachofa que palpita. 

Inhala caliente y exhala la cintura almendrada que no te deja respirar. Torbellino de emociones. Pizca de limón ácido que neutraliza adicciones. Y después toqué fondo.  Hueco en la ceja y tres más en las orejas. Rapar los bucles de oro. Ahogar a Dior. El punk rompiendo cabezas.

Lo busqué, seguro. Porque sé que al lado de la rosa encontrarás la flor marchita que se está encogiendo, que va perdiendo su color, las manchas marrones le quitan la vida, ya no hay aire ni agua dentro de ella, será puro polvo. Pienso en la mierda de Westwood. Esa mierda perfecta con una estructura medio circular que cubre un preciado tesoro: tu cagada. Y ahí me siento dual.

¿Cómo se puede odiar todo lo que se amó?

Quería que sus vestidos estuvieran siempre limpios, pero restregaba sus jeans contra la tierra y el cemento buscando rotos más grandes, huecos más profundos. Aire y tierra luchando en un mismo mundo. Soñador y tangible, azul cielo y marrón oxidado, todo lo que divide el horizonte, ese horizonte presente en la palma de mi mano izquierda. Niña fragmentada con múltiples referentes: Dior adentro, Westwood por fuera. Después Dior afuera Westwood dentro. Mañana los dos expuestos.

Westwood y Dior toman té de frambuesa en una conversación imposible. Cadenas oxidadas y sedas satinadas para esa niña dividida que se sorprende con la imagen. Ahora Vivianne toma té. Westwood  toma té y habla del punk y dice que está muerto, que el punk no tiene nada que ver con esos jóvenes actuales que usan corbata de día y cresta de noche. Dior la escucha y por un momento piensa en sus pétalos con cresta, pero borra la imagen y sigue soñando con flores mientras la niña fragmentada se queda mirando su ferocidad. 

Cosiendo cicatrices con un hilo rosa.


Inhala Dior y exhala Westwood o los dos al mismo tiempo. Inhalas mucho Dior porque temes tocar fondo de nuevo. Pero malditos referentes, jóvenes violentos devorándose el mundo. No, es el mundo es el que te devora lentamente y al final los dos rosedales, tanto el blanco como el rojo, no se diferenciarán cuando se sequen. 

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