viernes, 30 de septiembre de 2016

Toro-torero frente al espejo


Tácticas femeninas: el maquillaje

Todo está azul verdoso: profundidad marina. Todo está azul con una luz tenue. Penetro mis pupilas en el cristal y se esfuman las dudas de mi cabeza. Empiezo a maquillarme: blush en las mejillas, pestañina un tanto corrida, un poco de labial en… alguien aparece y corro a esconderlo todo: aquí no estaba pasando nada.

Una vez pensé en voz alta frente a mi familia maquillarse es la acción más espléndida de toda mujer. En ese momento mi hermano que conducía, frenó en seco el auto en el que íbamos. Me miró, dibujó una sonrisa que combinaba incredulidad y burla, y me dijo que no podía reducir a las mujeres al puto hecho de maquillarse, que yo nada entendía de la vida y menos de las luchas de género. Me quedé mirándolo sin respuesta, sentí cosquillas en la garganta mientras guardaba mis cosméticos. Quería escapar para conocer eso que no estaba entendiendo o leer El Capital para ahogar mis sentimientos y ser toda una intelectual consagrada o más bien un intelectual consagrado. Pero querida, lo que tiene color no puede ser ni gris ni negro y tú sabes que maquillarse hace que respires tu propia existencia, ningún libro de Marx podrá salvarte de esto.

Todo es azul de vuelta y ya no soy yo sino la niña que busca sus cosméticos. Busca en los cajones vacíos de su madre  y no los encuentra. Así que tiene que viajar lejos para sentarse frente a un tocador ajeno. Ahora todo es blanco y hay un armario donde encontrará un mundo de acicalamiento. Calor tropical, mujeres latinas con buenas formas. Rosas, rojizos y marrones, pintalabios seductores. Bocas jugosas. Polvos y polvillos. Quinceañeras de ensueños con tacones y coronas. Todo lo que la niña quiere, pero la silla no le alcanza para llegar al tocador.

Dejé de maquillarme como si hubieran lavado mi cabeza. Me volví una macrobiótica extrema, amante de la simpleza y la naturalidad. De un momento a otro fui todo aquello que no quería ser. Mi madre, palpitante vanguardista en el ruedo donde ella sería el torero y yo el toro rabioso. O tal vez yo sería el torero y el toro a la vez, y mi madre estaría mirando la corrida junto con mi hermano, mientras muevo la muleta roja cargada de exquisites y mi toro la quiere atacar. En el intervalo la frase de Diana Vreeland que retumba en mi cabeza el estilo es aquello que te ayuda a bajar las escaleras y a levantarte cada mañana. Dios, qué frase: aquello que te ayuda a bajar las escaleras, porque conozco esos días en los que no las quiero bajar. 


La búsqueda de la perfección te condena.

Ahora todo es beige, la niña está en un cuarto pequeño con luz artificial. Abre el primer cajón y hay solo labiales: naranjas, rojas, fucsias y tonos más oscuros. Abre el segundo, encuentran bases y cremas. En el tercero perfumes. Así infinitamente. Pero esa casa tampoco es la suya así vea el reflejo de Vreeland y Marx en el espejo.

¿Qué pensará Galliano de todo esto? Excéntrico diseñador que tocaba el cielo y en las nubes hablaba con Dior. Teatral, magnífico y aventurero. Nunca, desde mi pasión por el minimalismo, pensé que me gustaría John Galliano. Para entenderlo tuve que mirarlo en detalle, centímetro por centímetro, pulgada por pulgada evitando las nauseas.
Lo lamento con los amantes del show, pero debo recordarles que mi madre, esa que está viendo la corrida de toros en este instante, es fiel amante de la pureza. Así fui educada. Las búsquedas de mi Magdalena van hacia adentro, poco tienen que ver con su reflejo. Pero tengo fotos de hace treinta años donde luce glamurosa en su vestido de seda magenta, pelo negro hacia atrás perfectamente lacado, sombras durazno enmarcadas por sus finas cejas, un poco de blush y un rosa pastel en los labios insinuantes, sonrisa agraciada y ojos brillantes. Tengo las pruebas de que existieron otras Magdalenas. Pero ella por x o y —seguro por x que refiere a lo femenino— tomó decisiones. Yo nunca encontré sus labiales, no pude usarlos. También dejé de maquillarme preguntándome por la esencia y el capitalismo caníbal que pone a la mujer como presa. Mujer objeto para ser vestida.


El show me ayuda a sentir el chispotazo de la vida.

Hoy el torero se maquilla y el toro también lo hace. El novillero se levanta y moja su cara con agua de rosas. Después viene la crema humectante que cuido con recelo, es uno de mis recuerdos de París y está por acabarse. Cuatro puntos en la frente y  treinta y dos masajeadas de abajo hacia arriba. Punto en cada pómulo y ocho subidas en cada lado.  Crema en los dedos para respingar la nariz. Ocho vueltas en cada uno de los ojos, siempre en el sentido de las cejas, al igual que los músculos. Ocho masajes redondos al rededor de la boca, ocho redondos en el mentón. Diez y seis tijeras formadas con los dedos para abarcar la quijada. Dejar que absorba. Después puntos del bloqueador con color, esparcirlo levemente por todo el rostro, textura aterciopelada que protege y unifica el tono. Un poco de polvos. Blush en mi quijada cuadrada y en el nacimiento de mi frente. Bulsh circular en mis mejillas. Ahora, las cejas: grandes cejas arábicas, necesitan mucho cuidado. Cepillo especial: ocho peinadas hacia arriba, ocho para abajo, ocho hacia el lado contrario y las últimas que dan forma, un poco de gel, secar y rematar con pestañina leve. Después pestañina para las pestañas. ¿Y los labios? Fucsias, bordo o rosa, eso sí depende del ánimo del toro. 15 minutos en los que Marx no molesta.

Quiero maquillarme para tener ese momento azul en el espejo. Quiero mirarme y saber que existo. Quiero estar tan corrida como Diana Vreeland y escribir por qué no como lo hizo ella en su columna de Harper´s Bazaar después de la Segunda Guerra Mundial. Quiero buscar una Casa-Emporio como la Maison Dior para esculpir mi diamante como lo hizo Galliano, disfrutar del mundo viajando en globo y crear delirantes momias con sombras turquesas bañadas en oro o geishas de porcelana con las boquitas cerradas. Quiero viajar a Holanda a ver sus más de siete millones de tulipanes y a Marruecos para pasear por la casa azul donde habitó Saint Laurent. Quiero extasiarme con la belleza del mundo. Pero después me siento mareada y me dan ganas de vomitar. Tengo un estómago sensible. 

Así que prefiero ver a Vreeland y Galliano desde la tribuna junto con mi Magdalena. Y me digo que no quiero buscar el lugar más hermoso del mundo ni ser un personaje maquillado ni altos contrastes ni frenéticas lineas del pulso. Me quedo cómoda y sentada para no ser otro Ícaro sobrevalorado los cielos. Tampoco ser Galliano que lo bajaron de su nube y se quedó tres años con la boca bien cerrada. No quiero soltar a Marx ni alejarme de las graderías para no sentir las ganas de vomitar. No quiero preguntarme por la mujer objeto y menos bajar las escaleras: cara pálida sin luces ni reflejo.

Pero Galliano encontró su salvador, Ícaro tocó el cielo y Vreeland habitó su infierno. Renzo Rosso —rebelde genuino, dueño de las casas de moda más vanguardistas de la historia— contrató al dramático ingles después de su caída. Lo levantó al igual que Dédalo padre de Ícaro, pero Ícaro ya flotaba muerto en el mar de Seamos, en cambio Rosso sí pudo ponerle la bata blanca a Galliano justo a tiempo. Bata de la Maison Margiela donde el blanco prima. Vreeland en el paraíso está pintando las paredes de rojo, tal como fue su oficina en Vogue. Y el toro-torero vuelve al ruedo, bajar las escaleras con agrado después de largas instancias frente al espejo.

Y ahora ¿será que regreso al azul y esa niña que pintaba a su madre con mucho colorete? ¿O describo algunos de los maquillajes delirantes que me hicieron adorar a John Galliano?

No, no quiero olvidarme del mundo ni de sus vanidades.


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